A la hora de la siesta


“¿Aquel recuerdo ocupa un lugar enteramente inútil en mi vida? Si me dejo llevar por la frecuencia con que el mismo invadió (e invade aún) mi memoria, podría llegar a estar convencido que es un hecho caprichosamente gratuito. Pero no lo es puesto que no hay certeza que valga en este mundo. Es precisamente esa incertidumbre la que da cuerpo a la obsesión, a la construcción recurrente de una serie de imágenes improvisadas en un pasado remoto, tan lejano que continúa gravitando, latiendo al margen del presente. ¿Fui yo realmente quien estuvo esa tarde de primavera?; ¿qué perdura en mí de aquel encuentro? Algunos colores gastados por un juego de luces leves; sonidos apagados; ciertas coordenadas espaciales ambiguas (no puedo delimitar la esquina exacta del hecho); una sonrisa que, creo, no haber merecido; fragmentos de una conversación carcomida por las conjeturas… Pero ocurrió. Sé que tuvo lugar esa conjunción del azar. Sé, también, que ningún instante se volatiza para siempre. Si agrupo esas impresiones vagas, y las ordeno para intentar series de combinaciones posibles, la operación (la de reactivar posibles hechos), facilita ciertos movimientos que se direccionan hacia un propósito diluido en ayeres. Un episodio único e irrepetible anclado en un espacio-tiempo delimitado.”